La etapa más importante del niñ@ dura hasta los cinco años  y durante ése periodo, aprende las pautas de comportamiento para el futuro. Ese “personaje” que se crea lo llamamos “niñ@ interior” y se manifiesta en múltiples ocasiones en el día a día. Cuando ese niñ@ interior ha sido cuidado, apreciado, querido y amado, aprende a recibir amor, tiene una autoestima saludable y una relación armoniosa con los padres, hermanos y amigos; pero pudo suceder que ese niñ@ no fue amado y respetado entonces se convierte en un adulto que se siente desdichado y con heridas emocionales.

Para sanar ese niñ@interior herido, una herramienta poderosa es redactar una carta de derechos y repetirla frecuentemente, por lo menos tres veces al día, delante de un espejo, para sentir en el cuerpo y la mente emociones positivas que sanan la negatividad acumulada, porque, no podemos rechazar una parte de nosotros mismos y querer mantener una armonía interior. El proceso de sanar incluye el hecho de volver a unir todas las partes para poder alcanzar la plenitud, dice el especialista Charles L. Withfield, autor del libro: Sanar nuestro niño interior.

 

1.- Tengo derecho a regirme según mis propias normas y valores.

2.- Tengo derecho a negarme a cualquier situación cuando considere que es inoportuna, insegura o que viola mis valores.

3.- Tengo derecho a la dignidad y al respeto.

4.- Tengo derecho a tomar mis decisiones.

5.- Tengo derecho a no ser responsable del comportamiento, acciones, sentimientos y problemas de los demás.

6.- Tengo derecho a cometer errores y a no ser perfecto.

7.- Tengo derecho a todos mis sentimientos.

8.- Tengo derecho a enojarme con personas a las que amo.

9.- Tengo derecho a ser únicamente yo, sin sentimientos de ser bueno para complacer a otros.

10.- Tengo derecho a estar asustado y decir “ tengo miedo”.

11.- Tengo derecho a deshacerme de temores, culpas y vergüenzas.

12.- Tengo derecho a ser feliz.

13.- Tengo derecho a ser flexible.

14.- Tengo derecho a tener amigos y sentirme bien entre la gente.

15.- Puedo cuidar de mí mismo.

 

(Por Alejandrina Aguirre Arvizu)