La mala suerte persigue a la primogénita Andrés de Inglaterra. Quiere dejar atrás la fama de haragana que le han endilgado los tabloides británicos, pero las circunstancias no se lo permiten.

Resulta que la princesa de 27 años había conseguido trabajo como conferencista en la compañía estadounidense APB Spearks. En sus charlas abordaría temas sobre estilo de vida y «superación de retos personales». Cobraría por cada sesión el equivalente a 73,000 dólares. Todo lucía perfecto hasta que la reina Isabel II, su abuela, le ordenó renunciar.

con la reina Isabel

La monarca temió que su nieta fuera acusada con lucrar con su condición de miembro de la familia real. Ya bastante tiene con los señalamientos al príncipe Andrés, quien hace tiempo fue apartado de sus funciones de embajador comercial del Reino Unido por las sospechas de que las aprovechaba para beneficio personal.

Con su padre

La verdad es que Beatriz comparte con su padre el gusto por la buena vida y las vacaciones interminables. De ahí que el anuncio de su frustrada contratación como una especie de «coaching de vida» fue recibida con escepticismo por los especialistas en temas de realeza. «¿De qué hablará Beatriz? ¿Qué experiencia puede transmitir alguien que no ha hecho nada con su vida? ¿El reto de divertirse al máximo en un viaje?» expresaron entre risas sarcásticas.

Con su madre

Sobre la princesa también pesa la mala fama de su madre, la excéntrica duquesa de York, quien será recordada por un video en el que aparece con varias copas de más ofreciéndose a poner en contacto con el príncipe Andrés a un supuesto inversionista, en realidad un periodista encubierto, a cambio de 725,000 dólares.

Con_Dave_Clark

A favor de esta flamante licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Londres pesa que no cuenta con asignación de la corona sufragada por los contribuyentes. Los gastos de Bea son cubiertos por su padre y, sobre todo, por su novio de los últimos siete años, Dave Clark, un ejecutivo de altos vuelos en Virgin Galactic, quien gusta de consentir a su chica. Y es que a él también le gusta la buena vida.

(Por Pedro C. Baca)