Desde hace tiempo sabemos que las princesas no viven en cuentos de hadas. En realidad llevan una agenda rígida, están sometidas a constante escrutinio por parte de la prensa y sus relaciones amorosas no siempre son felices. Es el caso de Charlène de Mónaco cuyas fotografías con semblante apesadumbrado y distante revelan lo que ya pocos consideran un secreto: el infierno en que se ha convertido su matrimonio con Alberto II.

Esta princesa de origen plebeyo no siempre fue una mujer triste. ¿Cómo ha sido su vida y por qué su vida se tornó lúgubre?

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Charléne Lynette Wittsttock, su nombre de soltera, nació hace 38 años en Zimbabwe y se crió en Sudáfrica. La mayor de tres hijos de un ejecutivo de ventas y una instructora de natación, desde pequeña se enamoró de las albercas y llegó a ser nadadora no sólo de nivel olímpico, sino a ganar para su país varias medallas de oro.

Una de esas preseas la obtuvo durante un campeonato efectuado en Mónaco en el año 2000. El encargado de premiarla fue Alberto,  quien de inmediato quedó seducido por la belleza serena de la atleta. Sin embargo, no fue un amor a primera vista. Al príncipe reinante le llevó seis años enamorarla.

prometidos

Entre 2006 y 2011 llevaron un noviazgo que algunos tabloides calificaron de intermitente por sus constantes separaciones. Charléne se describe como «mujer de amplio criterio», pero no tanto como para permitir que su novio la hiciera convivir con sus amigas íntimas. Sin embargo, siempre terminó por creer las promesas reivindicatorias de él y en junio de 2010 se mostró sonriente en el anuncio de su compromiso matrimonial.

boda

Se casaron el 2 de julio de 2011. Fue una boda bastante deslucida porque, a pesar del estatus de Alberto como soberano de un Estado, así mida apenas 2 kilómetros, la realeza europea envió a representantes de segunda categoría. Tiempo después se supo que la ceremonia estuvo a punto de cancelarse porque Charléne dudó en dar el «sí, quiero», a un hombre de moral tan relajada.

Fue la primera de muchas señales del camino tortuoso que le esperaba a este infeliz matrimonio. La segunda se presentó durante su luna de miel en Sudáfrica, la nueva princesa de Mónaco apenas se dejó ver en público con su marido y lo dejó retornar solo a Europa, ella se quedó unas semanas al lado de su familia.

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Convencida por sus padres aceptó instalarse en el bello palacio real monegasco. Ahí se enfrentó al desdén de sus cuñadas Carolina y Estefanía, resentidas porque se habían quedado sin agenda social. Por otra parte, sus súbditos la menospreciaron por no «estar a la altura» del glamour y el carisma de la finada madre de Alberto, la inolvidable princesa Grace (a la derecha de la foto), con quien guarda enorme parecido.

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Las desavenencias matrimoniales ocasionaron que Alberto asistiera solo a importantes eventos como la entronización de Guillermo Alejandro en los Países Bajos. De Charléne su supo que buscaba escapar de su desgraciado destino divirtiéndose con «amigos». En 2012 se le vio muy entretenida con el jugador profesional de rugby, Byron Kelleher, en la primera foto, y luego con el magnate estadounidense Dennis Washington.

reconciliados

La rumores de separación fueron alimentados por la creencia de que la princesa era estéril. Sin embargo, a mediados de 2014, los príncipes se dejaron ver de nuevo juntos en público y Charlène dejó de exhibir las notorias ojeras que la habían acompañado en la época anterior. Había una causa, por fin habían logrado concebir. Lo corroboró  la Casa Real Monegasca en mayo de aquel año.

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En diciembre de 2014, nacieron los mellizos Jaime Honorato Raniero y Gabriela Teresa María. El primero se convirtió en el heredero de una de las dinastías más antiguas de Europa.

¿Ha llegado la felicidad? Muchos lo dudan porque, si bien la princesa luce más relajada, mantiene el semblante triste, además, a últimas fechas se deja ver en público sin su anillo de casada, un descuido de protocolo inexplicable si se toma en cuenta que Charléne tiene supervisores de imagen.

A muchos no les preocupa tanto su matrimonio, sino el destino de los pequeños príncipes, el que podría parecerse al de Alberto y sus hermanas, criados en un lugar en el que lo único que abundaba era el desamor. Todos hemos sido testigos del tamaño de las consecuencias.

(Por Pedro C. Baca)