Hay de sal a sal. Y si bien nos han dicho últimamente que consumir este condimento es súper negativo para la salud, por fortuna hay investigaciones y experiencias médicas que señalan que nuestro cuerpo sí necesita cantidades moderadas de lo que este compuesto mineral aporta.

Pero vamos por partes, porque también es verdad es que la sal refinada, procesada o “de mesa”, en su proceso de fabricación ve disminuidos aportes alimenticios tales como sales de magnesio y microminerales y en cambio se le añaden sustancias que no precisamente benefician nuestra salud, como aditivos y compuestos de aluminio. A este cloruro de sodio refinado se le añaden además –en un procesamiento a altas temperaturas– elementos como yoduro de potasio, el cual debe ser estabilizado con una especie de azúcar (dextrosa, qué paradoja), que la vuelve oscura y para blanquearla se usan otros agentes químicos.

En su forma mineral la sal se llama halita, y es lo que le da el sabor a los océanos. Como bien sabes, funciona como condimento y preservador de alimentos. No habría ningún problema con ella –en épocas antiguas se le apreciaba tanto que incluso funcionó como moneda, los romanos pagaban un “salario”–, si no fuera porque en su versión refinada, industrial, si se consume en demasía y sostenidamente puede causar, además de los daños ya mencionados, afectación a los riñones.

Una opción

Pero un momento, no todo está perdido. Hay otra sal. Se le conoce como sal de mar –viene del agua del océano y es cristalizada por la acción del sol y el viento–, y la verdad vale la pena considerarla atentamente. Se seca de modo natural, sin añadidos. Sus granitos contienen elementos benéficos como yodo, magnesio e incluso, por supuesto, vida marina microscópica. Su color suele ser gris e incluso adquiere otras tonalidades dependiendo la zona de las minas marinas o de roca de las que se extraiga; su sabor es más fuerte que la típica sal de mesa, por lo que se requiere de menos cantidad para cocinar.

Según diversas fuentes, la sal de mar tiene ventajas al organismo muy evidentes en tanto incluyamos dos factores: no debemos abusar de ella –la Organización Mundial de la Salud señala máximo 2,000 mg, es decir, una cucharadita–, y necesitamos tomar suficiente agua todos los días –ya sabes, mínimo dos litros– para que el balance celular no se pierda y se vea en la necesidad de retener líquidos.

Otras sales

Es necesario decir que cierto tipo de sales, como la del Himalaya –la rosada, que se supone se extrae de minas sólidas que antes fueron mares– que por cierto muchas veces no viene del Himalaya sino de otros lugares, es más cara que la de mesa (alrededor de 45 pesos los 500 gramos) y quizá no tiene tantas propiedades como dicen quienes la comercian.

Tenemos también la llamada “flor de sal”, que se usa en restaurantes y en hogares de aquellos que cuidan mucho su paladar; aunque es menos salada, se disuelve mejor y su costo es mayor, oscila entre más de 110 y 210 pesos los 250 gramos. Realmente cara aunque México con sus minas de Baja California es un reconocido productor.

Hay otros tipos que por su color y origen destacan, como la sal negra de la India (no tiene muchas ventajas a la salud, sólo es bonita por el azufre que contiene y le da su color), la sal roja de la arcilla de los varios volcanes de Hawái y otras que se mezclan con vegetales o se ahúman.

También, desde luego, están aquellas que mezclan la sal de mesa con cloruro de potasio para bajar la cantidad de sodio o la PanSalt, de Finlandia, que apenas tiene 56% de cloruro de sodio.

Resumiendo: si quieres seguir comiendo cosas con su debido sabor, podrías optar por sal de mar natural, sea del color que sea. Revisa que no tenga aditivos ni nada más. Úsala con moderación, hidrátate y listo.

(Por JR)