El tiempo vuela y, aunque parece que fue ayer, han pasado 1,000 días desde aquel 19 de junio de 2014, cuando Felipe VI fue proclamado rey de España y convirtió a su mujer, Letizia, en soberana consorte.

Han sido días intensos, en los que la preocupación de los monarcas ha sido adaptarse a la época en que los ha tocado reinar y ganarse, si no el aprecio, por lo menos el respeto de sus súbditos que cada vez cuestionan más el papel de la realeza en una democracia.

Felipe VI ha tenido que rescatar la imagen de una institución salpicada por los escándalos de corrupción que involucraron a su cuñado Iñaki Urdangarin y salpicaron a su propia hermana, la infanta Cristina, quien alguna vez fue su mejor amiga y hoy es, prácticamente, una extraña.

En su control de daños, Felipe VI tuvo que esforzarse por borrar la imagen frívola e insensible que dio su padre y antecesor, Juan Carlos I, al protagonizar bochornosos incidentes, como una cacería de lujo en momentos en que su país atravesaba por su peor crisis económica en tiempos recientes.

A pesar del tamaño de los retos, el nuevo rey ha sabido aprovechar sus primeros 1,000 días en el trono para convertirse en un verdadero jefe de Estado que no gobierna pero es garante de estabilidad y unión en un país compuesto por varias naciones no siempre amigables entre sí.

En cuanto a Letizia, su reto no ha sido menor, la primera plebeya en ostentar el título de reina de España, ha tenido que encontrar un estilo propio que la refleje como una mujer dinámica y al tanto de lo que ocurre en su país, pero al mismo tiempo conservar la elegancia y la prudencia que caracterizan a toda soberana.

Los monarcas españoles han tenido que darse tiempo para cumplir con su papel como padres de familia y procurar que sus hijas, la princesa Leonor y la infanta Sofía, vivan una infancia lo más común posible, si es que lo pueden hacer dos niñas que son tratadas como “altezas” a cualquier lugar al que van y siempre son saludadas con reverencias.

Por su parte, Felipe tiene ante sí, la delicada tarea de preparar  su primogénita para que algún día, quizá dentro dentro de 25 ó 30 años, lo releve y se convierta en la cabeza del Estado español, la primera mujer que lo hará en 200 años.

(Por Pedro C. Baca)