Fue un 20 de noviembre de 1947 cuando Isabel II de Inglaterra, entonces la jovencísima heredera al trono, le dio el “sí, quiero”, a su príncipe azul, Felipe de Grecia y Dinamarca.

Esas palabras sellaron una sólida unión que, a pesar de altibajos y tensiones, ha durado siete décadas.

La actual monarca británica y el príncipe Felipe se encontraron por primera vez en el Royal Naval College de Darmouth en 1939, él tenía 18 y ella apenas 13, lo que no impidió el flechazo instantáneo.

Pasaron ocho años en los que la pareja alimentó primero una buena amistad y luego un discreto romance que floreció, a pesar de la renuencia del rey Jorge VI, padre de Isabel, debido a los antecedentes de trastornos mentales en la familia del apuesto pretendiente.

Finalmente se comprometieron a principios de 1947, justo en la celebración del cumpleaños número 21 de ella, y en noviembre siguiente llegaron a la Abadía de Westminster Abbey para jurarse amor eterno.

Y así ha sido, porque más allá de un breve alejamiento justo antes de procrear a sus últimos dos hijos, la pareja se mantiene unida, y para nadie es un secreto que Felipe, sin dejar de respetar el estatus de monarca que tiene su esposa, ha sido uno de sus principales consejeros.

Su matrimonio ha pasado por pruebas como el constante escrutinio público, la obligación de Felipe de estar siempre en segundo plano, y las diferencias de criterio debido al carácter poco flexible del príncipe, férreo defensor de mantener inalterable el rígido protocolo real.

Ahora que ambos se encuentran en el final de su vida han decidido que la fecha de su aniversario no pase inadvertida. Según el Palacio de Buckingham, la pareja real más longeva del mundo cenará en compañía de sus hijos, nietos y, durante un ratito, convivirá con sus cinco bisnietos.

(Por Pedro C. Baca)

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