Completamente cautivante, hipnotizante y exquisita, así es la marca homónima que la diseñadora de joyas Regina Castillo ha creado y con la que ha consolidado un mundo de belleza en plata y brillantes a través del cual nos cuenta una historia tan propia como especial.

Sus adorados bichos y en especial su icónica abeja, son los principales distintivos de la marca, mismos que denotan su gran pasión por los animales, gusto que desde su infancia se ha hecho presente y que ha trascendido a lo largo del tiempo al grado de imperar en cada una de sus colecciones.

 

 

 

Diseños que irradian originalidad, femineidad y elegancia, características que se entre mezclan con aires poderosos y contemporáneos, son los que reflejan el tipo de mujer a la que va dirigida Regina Castillo y que hacen de la marca una adquisición completamente acertada para aquellas mujeres que buscan plasmar una identidad en donde la fortaleza y la sutileza encuentran cabida en un mismo espacio y se fusionan para reflejar personalidades empoderadas y seguras de sí mismas.

Recursos 100% mexicanos como plata .925 con baño de oro de 14k, cristales facetados y pirita mezclada magistralmente, son los principales materiales que Regina Castillo utiliza para dar vida a sus más ocurrentes creaciones de la mano de un talentoso grupo de orfebres, en su mayoría mujeres, quienes apoyan a que todos aquellos diseños que habitan en su imaginación cobren vida, mismos que actualmente han encontrado un espacio en Palacio de Hierro de Perisur, Polanco, Coyoacán y Santa Fe, Frattina, St. Regis, Mexicouture, Punto y Coma, Tiendas Bloom y algunas boutiques del joyero Daniel Espinosa; además de comercializarse en su propio sitio web www.reginacastillo.mx

 

 

Sin duda Regina Castillo es una diseñadora que ha sabido plasmar su amor por la fauna, la flora, la belleza y el arte, además de que ha sabido conjugarlo con la pasión que siente por la vida misma, su propia historia y sus vivencias.

¡Conoce más sobre ella y la colección otoño-invierno!

 

Video: Iván Hernández

 

Por Elizabeth Almazán