Desde el confinamiento al que nos obliga la pandemia, presentamos una reflexión de la autora Paulina Vieitez con la que muchos se verán reflejados e identificados. ¿Podemos sanar en este tiempo?

Estos días de sanar

Llevo horas acumuladas que se suman en semanas, como muchos de nosotros, encerrada a piedra y lodo en los confines de mi departamento, cuidándome y protegiendo a los míos ante esta amenaza, esta pandemia mundial que tanto está sacudiendo al planeta.

No he podido dejar de pensar en las muchas connotaciones, en los significados más profundos que tiene este “paro del mundo”. Empiezo por lo más simple. Quienes hemos podido guardarnos seguramente hemos mirado nuestros espacios con ojos distintos. La luz que entra a determinada hora de la mañana en la que antes no solíamos estar, nos sorprende. Los cuadros que hemos decidido colgar y los retratos que cuentan nuestras historias de vida o de familia se aprecian distintos, se valoran más, son los objetos que nos acompañan que dicen tanto de nuestra personalidad y vivencias.

Algunos habremos limpiado “a fondo” intentando desinfectarlo todo mientras aprendemos a llevar a cabo un “home office” disciplinado y a rajatabla. Otros haciendo malabares entre deberes y la presencia obligada de aquellos con los que les haya tocado encerrarse. Todos estamos día a día aprendiendo una nueva forma de convivencia. Y mientras escuchamos las noticias y nos alarmamos, también nos damos cuenta de que el tiempo se estira, es lento y flexible, es otro ritmo el que nos invita a definir prioridades y quizás, ojalá, a mirar a fondo lo que sólo estamos acostumbrados a ver.

Mirar lo que tenemos frente a la ventana, lo que se nos presenta familiar y lejano, lo que nos acompaña convirtiéndose en una gran pantalla limitada a lo inmediato. No podemos ver más allá, tenemos que evitar movernos. El gran reto de quienes nos guarecemos es conservar la calma. Pero ¿cómo hacerlo ante tanta desinformación y tantos desafíos? ¿Cómo no entrar en un estado de rebeldía o pánico? Estos momentos tan definitivos nos ponen a prueba y tienden a llevarnos al límite de nuestras fuerzas y al extremo de nuestra compostura emocional.

Sin embargo también se presentan como oportunidades vitales para deshacernos de lo que nos intoxica, para desprendernos de lo que creíamos indispensable, desde aparatos electrónicos hasta algo más importante, más profundo, la creencia de que sin esto o aquello, léase objetos materiales, no somos nada.

La pandemia no distingue condiciones sociales o económicas, si acaso, se enfrenta a un mayor enemigo si el sistema inmunológico de su presa está fuerte, es resistente y no tiene condiciones limitantes agregadas.

Monarcas, líderes y mandatarios poderosos han enfermado, así como también personas de la tercera edad sin recursos o abandonadas a su suerte en una casa de retiro, o en hospitales sin asistencia, ni cuidados ideales.

Es así como las circunstancias, el azar, los acontecimientos que nos sacuden hoy, ejemplifican abrupta y descaradamente lo que en realidad, muy en el fondo, si se quiere, nos pasa adentro.

La mayor parte de la humanidad, una gran mayoría está harta, estamos, de la descarada inconsciencia que lleva a la depredación ambiental, de la atroz y repulsiva diferencia económica entre clases, del excesivo consumismo, de la violencia y la sinrazón, de los gobiernos corruptos, el malestar social, las disputas territoriales y religiosas, el terrorismo y el hambre, las crisis familiares, la falta de liderazgos positivos, la carencia de fe. Pero aún no somos capaces, o al menos antes de la pandemia no lo éramos, de decir YA BASTA. No podemos más.

Si bien es cierto que se perciben ciertos despertares aquí y allá, organizaciones de la sociedad civil más activas y con poder benevolente para lograr sus objetivos, nuevas generaciones que arremeten valientemente contra las injusticias, no está del todo gestada en nuestros corazones la valentía para rebelarnos ante lo inhumano.

Tenía que venir un virus, un ente imperceptible, dañino y mortal, a enseñarnos que no todo es nuestra persona, que la soberbia en la que vivimos nos ciega, que la vida vale la pena y es mejor si se vive y comparte con el otro, con aquel al que decidimos dejar de mirar, de acompañar, de compadecer. Nos encontramos ante la muestra más real de lo podridos que estábamos, pero también de la maravilla que reside en la otra cara del alma. Y aparece lo mejor de nosotros mismos, la capacidad de dar, de entregar horas al cuidado de un enfermo, de tendernos la mano entre naciones, de aceptar que no podemos si no nos unimos, de que las absurdas fronteras que hemos trazado de país a país, de raza a raza, nos hieren y finalmente matan.

Poco a poco, se van dando, calladamente, los días de sanar. Aquellos en los que de nada sirve tener un closet rebosante de piezas de última moda si no puedes salir a lucirlas, en que te das cuenta que un coche es inservible si no lo arrancas, que la sala de tu casa o la mansión más primorosa se quedan solas si mueren quienes las habitaban. Que el “smartphone”de última tecnología es ahora el medio más útil de contacto con los que queremos, pero que no vale nada si no nos permitiera eso, conectarnos, decirnos cosas, escribirnos y acercarnos aún en esta lejanía impuesta.

En los días de limpieza, en los que el gel antibacterial resulta el mejor de los antídotos, el jabón el mejor aliado, tallamos insistentemente nuestras manos. Sería maravilloso que este proceso estuviera conectado con el tallado de conciencias, con el pulido de almas, para lograr de una vez por todas esa necesaria desinfección, esa higiene interior que nos permita, que toda vez pasada la pandemia, salgamos a la calle, gocemos de la luz que brillará de dentro hacia fuera y nos demos la mano, limpia, inocente y lista, como humanos, de una vez y para siempre.

Paulina Vieitez